El dardo en la palabra. Fernando Lázaro Carreter.
1. Biografía del autor.

Fernando Lázaro Carreter nace en Zaragoza en 1923. Tras doctorarse en Filosofía y Letras y acceder a la cátedra de Teoría de la Literatura de la Universidad Complutense, ingresó en la Real Academia de la Lengua en 1972, institución que renovaría y adaptaría a los nuevos tiempos durante su presidencia en el periodo de tiempo que va desde 1991-1998. El académico ha publicado obras que han pasado por las manos de casi todos nosotros en nuestro periodo escolar, es el caso de Cómo se comenta un texto literario (1980) o el manual de Literatura del siglo XX de COU (1989) que publicó junto a Vicente Tusón.


2. Contexto literario de la obra.

De unas décadas a esta parte, se observa que el idioma se encuentra -al menos en España- despreciado por muchos de los hispanoparlantes. Gran parte de la culpa recae en unos medios de comunicación que demuestran un total desprecio por nuestro idioma a la hora de trasmitir sus contenidos. Varias obras han visto la luz en los últimos años alertando sobre este particular, destaca sobre todas, Defensa apasionada del idioma español (1998) y su posterior La seducción de las palabras (2000), ambas de Álex Grijelmo. Otros autores han mostrado igualmente su preocupación por el tema, tal es el caso de El menosprecio de la lengua (1999) de Fernando Vilches Vivancos y El dardo en la Palabra (1997), todos ellos de imprescindible y obligada lectura.



3. Comentario de la obra.

El dardo en la palabra es una obra que recopila una serie de artículos publicados en prensa por el ilustre Fernando Lázaro Carreter desde 1975 hasta 1996. El libro no pretende ser un toque de atención a los periodistas para que cuiden su expresión oral y escrita, por el contrario se trata de una dura reprimenda que denuncia la vagancia, la ignorancia y los vicios lingüísticos de un colectivo profesional que posee una inmensa responsabilidad en la cohesión del español.

 

Muchos pueden tildarme de apocalíptico, sin embargo, mido mucho mis palabras mientras escribo este artículo, y explico la razón. Hasta hace relativamente poco tiempo, se comentó que, al igual que el latín se había desintegrado en las diferentes lenguas romances, el castellano podría correr la misma suerte llegando un punto en el que no nos entendiéramos, por ejemplo, españoles y chilenos. Hoy en día, tal temor parece desterrado de nuestras mentes por varias razones.

 

La primera es la total participación de las reales academias de la lengua en la elaboración de documentos conjuntos, tal es el caso de la valiosísima Ortografía, obra que fija la norma para todo el mundo hispánico. Una de las muchísimas causas (enumerarlas aquí no tendría sentido, pues no creo que al lector le interese tal desglose) de la desaparición, o mejor dicho, de la evolución del latín en las lenguas romances, fue el analfabetismo de la sociedad y la falta de una norma que mantuviese a la lengua unida. Algunos pueden pensar que imponer una norma puede resultar un propósito totalizador por parte de los académicos y preferir las alocadas soluciones propuestas sobre la eliminación de la ortografía por todo un premio Nobel de Literatura, como es Gabriel García Márquez, en el congreso de la lengua en Zacatecas. Sin una ortografía que normalice y fije el idioma, pronto las variedades fonéticas y de léxico, que ahora suponen una variedad lingüística más de las diferentes regiones en las que se habla español, harían evolucionar el lenguaje de forma caótica en un territorio tan extenso como es el que abarca el idioma español desintegrándolo al igual que pasó con el latín.

 

La segunda de mis razones se basa en que, en la actual sociedad de la información, en la denominada, aldea global, se aprecia una clarísima voluntad de entendimiento a ambas orillas del océano Atlántico, es más, en América, los hispanohablantes tienen mayor conciencia lingüística que los propios españoles. Los medios de comunicación contribuyen de forma importantísima a que el idioma se mantenga (con variantes idiomáticas incluidas) cohesionado y el hispanohablante tenga una idea de unidad lingüística mucho más formada de la que pudiera tener un galo o un bretón en plena desintegración de la lengua latina.

 

De las muchísimas e interesantísimas conclusiones que se pueden extraer tras leer este fabuloso libro destaca, quizá por encima de todas, la grandísima pobreza léxico-gramatical de redactores, periodistas y otros colectivos. El dardo en la palabra es una reprimenda en toda regla. Me gustaría decir que el esfuerzo del insigne Lázaro Carreter no ha caído en saco roto, pero lo cierto es que el panorama sigue igual. Día a día, comprobamos cómo la mortandad lingüística campa a sus anchas por periódicos y revistas; no digamos ya en radio y televisión y olvidémonos de internet, pues es en la red donde se ven las mayores aberraciones lingüísticas. Fernando Lázaro Carreter comenta muchas de las gravísimas incorrecciones que ha localizado proponiendo -como no podría ser de otra manera- acertadísimas soluciones. Estas incorrecciones comentadas por el ex-director de la Real Academia son, sobre todo, de tipo idiomático y gramatical. Algunos de estos artículos son ya célebres, es el caso de ‘La maglia rosa’, ‘Derby’ o ‘Aladdin’ que consiguen, en muchos casos, soliviantar los ánimos de los que estamos concienciados y procuramos cuidar nuestro idioma, quizá la posesión más valiosa que tenga nuestra cultura, aunque esto de las lenguas se haya querido politizar por algunos fantoches que más debieran mirar por realizar bien su trabajo que por practicar la demagogia.

 

En fin, el tema daría para varios cientos de páginas, pues tanto la obra como su significación son amplísimas, pero mejor que leer el presente artículo es acercarse a esta valiosísima obra y tomar buena nota de lo que allí se cuenta.

 

Miguel Ángel García Guerra para Portal Solidario