Biografía insólita - Elizabeth Fry, “el ángel de las prisiones”.

La vida de Elizabeth Fry nos enseña como todos y cada uno de nosotros podemos hacer una gran labor para ayudar a los más necesitados. Considerada como una de las primeras “voluntarias” de la historia, su dedicación y entrega hacia los presidiarios hicieron que le pusieran el bello apodo de “el ángel de las prisiones”.

Elizabeth nació en el año 1780, en Inglaterra, en el seno de una familia muy religiosa. No se conocen sucesos destacados durante su juventud, salvo su matrimonio con un importante comerciante de Londres, sin embargo, su vida cambiaría a causa de un impactante encuentro con la dura realidad.

Cuando contaba con 33 años, Elizabeth visitó, en compañía de un grupo de amigas, una cárcel londinense. Estas visitas se consideraban como una actividad filantrópica y de beneficencia al mismo tiempo, propias de las familias pudientes de la sociedad victoriana.

Elizabeth posiblemente nunca hubiera imaginado encontrar lo que allí vio: cientos de hombres y mujeres viviendo en condiciones miserables, encerrados sin esperanza y sin ningún futuro. Era la visión más cruda de la nueva Inglaterra industrial, cuando el progreso aplastó cualquier aspiración social, causando un empeoramiento brutal en las condiciones de vida de los obreros.

Todo ello se veía reflejado hasta extremos hirientes en las cárceles inglesas, creando un panorama tan terrible, que dejó una huella imborrable en Elizabeth.

Desde entonces, comenzó a denunciar las miserables condiciones de vida en las cárceles inglesas. En un primer momento se la consideró extravagante e incluso un poco loca, pero la innegable realidad de los hechos hizo que poco a poco, sus argumentos fueran calando entre los políticos de su tiempo.

Elizabeth luchó toda su vida por lograr una mejoría en las condiciones de vida de los presos, intentando además ofrecerles un futuro lejos de las cárceles. Para ello propuso la creación de centros de instrucción para reclusos, o un cuidado específico para las presas que tenían a sus hijos en la prisión.

Entre sus más loables aportaciones, está su encendida lucha contra la esclavitud y su defensa de los más desfavorecidos.
Elizabeth muere en el año 1845, cansada, pero satisfecha por la labor realizada.