Biografía insólita - Fernando de Valenzuela: el Duende de Palacio.

Fernando de Valenzuela es posiblemente uno de los personajes más nefastos del siglo de oro español. Su influencia en la corte durante la segunda mitad del siglo XVII contribuyó decisivamente al abatimiento tanto moral como político de la Monarquía Hispánica. Favorito de la reina por su habilidad para proporcionarle cotilleos, le proporcionó el sonoro mote de “Duende de Palacio” y gracias a su ambición desmedida el título de Grande de España.

Valenzuela nace la ciudad de Nápoles en el año 1636, desde donde se trasladó muy joven hasta Madrid, la ciudad donde residía la corte y se concentraba el poder de la todavía poderosa Monarquía de los Austrias Españoles.

Entró a formar parte de ella en el año 1661, con el cargo de caballerizo, que haciendo una comparación, hoy en día sería como un aparcacoches. Sin embargo, su ambición y ingenio para manipular a la gente, le hizo ganarse la confianza de mucho otros miembros de la corte, que le contaban todos los rumores y secretos que se daban en Madrid. Así, Valenzuela se hizo imprescindible para conocer los cotilleos, bulos, noticias del corazón, etc que sucedían en la corte, motivo por el que se le conocía como “el Duende de Palacio”.
Gracias a esto entró en contacto con la reina Mariana de Austria, gran aficionada al chismorreo  y al cotilleo.  Por desgracia, a la muerte del rey Felipe IV, ella fue nombrada regente hasta la mayoría de edad de su hijo Carlos. Así fue como las dos personas mas incompetentes de la corte, la alcahueta reina viuda y su soplón, el Duende de Palacio, llegaron a dirigir el país.

Valenzuela de dedicó a  a cumular cargos, títulos y riquezas, mientras el resto de la corte lo veía con envidia, por no ser ellos quienes tuvieran los resortes del poder a su alcance. En su ambición, llegó a retrasar la mayoría de edad del futuro rey, pues intuía que su posición privilegiada dependía exclusivamente de la reina regente, que sería apartada del poder en cuanto su hijo fuera nombrado rey.

Su apogeo lo vivió cuando a causa de un accidente de caza, resulto levemente contusionado por el joven heredero, el cual, para compensarle, le nombró Grande de España. Pero esto se volvió en su contra, pues el resto de nobles lo consideraron una afrenta personal y la gota que colmaba el vaso, por que comenzaron a intrigar intensamente en su contra, formando un partido opositor al amparo del bastardo real Don Juan José de Austria.

Assí, este en el año 1677, entró en Madrid con ejército con el que venía a poner fin al poder de Valenzuela. Este, aterrorizado y viéndose solo, huyó a El Escorial, donde pidió protección a los monjes. Para su desgracia, fue perseguido y entregado a la “justicia” del nuevo hombre fuerte de la Corte, Don Juan José de Austria, que le condenó al destierro, ni más ni menos que a Filipinas, el último rincón del Imperio.

Allí permaneció hasta el año 1689, muerto de asco, sin acceso a ningún tipo de vida social, política o cultural. En su desesperación, pidió en repetidas ocasiones su traslado a otro rincón menos olvidado, sin conseguirlo hasta el año 1689, cuando posiblemente apiadados por su avanzada edad, se le permitió continuar el destierro en México.

Lamentablemente para él, a poco de llegar, un caballo le propinó una coz en la cabeza, lo que le ocasionó la muerte. Curioso destino el de este hombre, que comenzó su ascensión cuidando caballos y terminó su caída bajo los pies de uno de esos bellos y nobles animales.