Biografía insólita - Ana de Bretaña: Reina del culebrón.

Todas las fuentes nos presentan a Ana de Bretaña como una dulce y bella princesa de la Baja Edad Media, rodeada de trovadores y símbolo del amor cortes, sin embargo no debemos olvidar que detrás de todo eso, está la mujer más deseada de la época. Un deseo que no solo era físico, ya que el ducado que heredó de su padre, fue permanente fuente de problemas y luchas sucesorias, convirtiendo su vida en una prisión de marfil, atrapada por su deberes de eterna reina.

Todo comienza en su Bretaña natal con su nacimiento en 1475. Ya de muy pequeña se vio inmersa en la política de alianzas de su padre, el duque Francisco II. Del éxito de su boda, podría depender el fututo del ducado, amenazado y codiciado por todas las potencias de la época.
 A los trece años contaba con un pretendiente en cada país europeo, si bien, el elegido fue Maximiliano I, rey de Austria y futuro emperador.

Su primera boda real tuvo lugar en 1489, convirtiéndose en reina de Austria, sin embargo, su matrimonio se realizó por poderes y no pudo ser consumado, hecho que fue rápidamente aprovechado por otro de sus pretendientes: Carlos VIII de Francia. Para la monarquía francesa era prioritario anexionar el ducado de Bretaña, por lo que en una hábil maniobra, atacó la ciudad donde residía la joven duquesa, la obligó a repudiar a su primer marido  y después casarse con él.

Esto fue posible al no haberse consumado la primera unión, provocando que Ana pasara en muy poco tiempo a ser reina de los franceses, gracias a su segundo matrimonio.
En este enlace fue firmada una cláusula por la cual, en caso de muerte del esposo, y si no había descendencia, ella debería casarse con el heredero del trono, para así asegurar la continuidad de la alianza entre Francia y Bretaña.

Y por un giro del destino, eso es precisamente lo que ocurrió. El rey muere de forma accidental sin descendencia, y Ana debe casarse con su primo Luis XII, nombrado heredero. Hasta aquí muy bien, sin embargo Luis ya está casado y las circunstancias le obligan a repudiar a su mujer para poder acceder al trono. Su esposa, Juana de Francia, era tan virtuosa que nunca le había dado motivos para justificar su acción, de forma que se optó por comprar la voluntad del cuestionado Papa Borgia, Alejandro VI, el cual consintió en una tercera boda real para Ana.

En esta ocasión, y una vez superados los problemas, su boda fue un acierto,  parece que vivieron felices, aunque con la sombra de no  tener ningún hijo varón.  Su hija Claudia llegaría a ser también reina, completándose con ella la anexión de Bretaña al reino de Francia.

Ana muere joven, con apenas 36 años, agotada y con la salud quebrantada, sin embargo de ella nos ha quedado una tradición todavía viva: Su emblema real fueron los armiños blancos, color que usó repetidamente en sus bodas, así por simple imitación, se hizo muy popular entre las damas de la época, casarse llevando un vestido de ese color. Hoy todavía se hace en muchos países occidentales.